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Arrecifes: su historia

Arrecifes, su historia: A propósito del Carnaval

Se viene el carnaval. Volvamos atrás en el tiempo y recordemos momentos que nos quedan fijos en la memoria. Generalmente esos días lo aprovechaban los vecinos para entablar verdaderas «batallas», a baldazo limpio, es decir provisto de buena cantidad de agua y también para festejar esta festividad, llamada pagana, pero que servía para unir vínculos. Ni hablar cuando los mas jóvenes elegían como blancos a las vecinitas, y por cierto que estas correspondían de igual manera: es decir mojar lo que mas se pueda. Además, también se unían otros grupos y el agua iba y venía con sana alegría y bendiciendo que el sol emitiera sus rayos plenos para que la temperatura fuera la adecuada.

En la fotografía, tomada en el barrio Las Flores, calle Hornos, se aprecian a don Antonio Mendoza y su prole, y otros vecinos. Esta postal estaba guardada entre mis recuerdos, yo estoy a la izquierda, pantalón arremangado, sin camisa y con gran balde. El tiempo fue dejando de lado esa forma de divertirse, pero queda firme en nuestra mente como algo inolvidable. Corresponde a fines de la década del 40 o comienzos de la siguiente.

Ya que estamos con el tema carnaval, como no recordar los corsos de allá lejos y hace tiempo. Hemos vivido los que se realizaban en la calle Ricardo Gutiérrez, entre Rivadavia y Necochea (hoy Risso).

Participaba el pueblo entero, pululaban las carrozas, algunas sofisticadas y otras hechas de una manera mas rústica, pero no menos llamativas. Las mismas eran tiradas generalmente por caballos (había que cuidarse donde pisar) y otras con vehículos a motor. Los ornamentos eran fabricados con ramas, en muchos de los casos con músicas donde las verduleras y los bandoneones ofrecían su música y bullicio, como también se armaban ranchos o patios y en muchos casos hasta se hacían asados y se degustaba vino tomado del pico de la damajuana, a los conocidos los invitaban con un trago al pasar.

El público se divertía manejando pomos de plomo, contenía agua con fragancia a flores, arrojaba serpentinas, que quedaban colgadas de los cables con luces multicolores, papel picado y hasta algunos tiraban harina, que con el agua quedaba adherida al cuerpo. Mientras tanto el desfile era incesante y alguno que otro globo lleno de agua volaba por el aire buscando el blanco elegido. Los ornamentos tenían como principal muestra los dibujos alusivos realizados por el inolvidable Osvaldo Acuña.

Las comparsas, muchas improvisadas con elementos precarios, paseaban bailando a sus anchas. Las mascaritas lucian su atuendo, algunas verdaderas obras de arte, otras cubiertas con trapos, generalmente sábanas y disimulando su andar y voces para no ser descubiertos. A algunos todavía nos queda la intriga de quién era el que nos conocía y no podíamos identificar.

Eso sí a las doce de la noche se tiraba una bomba de estruendo, frente a la Municipalidad y desde ese momento había piedra libre para jugar con agua, que desde las terrazas de las viviendas, caía como una cascada. Era claro que todos sabíamos lo que iba a suceder y quien no quería ser mojado se retiraba del lugar de inmediato.

A propósito del carnaval, lo que tuvieron relevancia fueron los bailes, aquellos celebrados en el Teatro Colón (hoy Regina). Los que amenizaban estas reuniones danzantes eran orquestas típicas (tangueras) y características (paso doble, etc. Entre la mas renombrada estaba la conformada por Ermelindo Magallanes, que en sus comienzos ofreció un pequeño núcleo de músicos, pero con el paso del tiempo tuvo un conjunto realmente notable. El ritmo era el caracterizado por Juan D´arienzo y el tango fluía como por encanto para que cientos de bailarines mostraban sus habilidades para el 4×4.

En la foto están: Raúl Barrientos (contrabajo), Jorge Góngora y Ermelindo Magallanes (violines), Ernesto Magallanes (piano), este está exhibido en el Museo, Antonio Melficeli y Angel «Tito» Villa (bandoneones). El cantor es Carlos Fragelli.

Observar que hay un solo micrófono y era para el cantor, la acústica llevaba las melodías a todos los rincones del gran salón y la pista anexa, facilitada por la Sociedad Italiana. En cada bailongo no cabía un alma mas.

Postales de tiempos idos que siempre se recordarán.

 

Roberto H. Bustos

El autor es un reconocido periodista de nuestra ciudad con un amplio archivo, que vuelca periódicamente en un grupo de facebook denominado «Arrecifes, su historia»

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