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Se realizó un acto en conmemoración del 35° Aniversario de la Restauración de la Democracia.

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Esta mañana, encabezado por el intendente municipal, Javier Olaeta, se realizó en la Plazoleta “Domingo Faustino Sarmiento” (conocida popularmente como Plazoleta de los Presidentes”), el acto en conmemoración del 35° aniversario de la restauración de la democracia en nuestro país.

Durante el mismo se descubrió una placa y se colocó una ofrenda floral en el busto que homenajea al Dr. Raúl Ricardo Alfonsín, primer Presidente de la Nación tras el regreso del proceso democrático.

Recordamos que el busto fue inaugurado hace precisamente un año.  En aquel momento, se celebró el Día de la Restauración de la Democracia con el descubrimiento del busto en un acto en  el que estuvieron presentes, entre otros, Ricardo Alfonsín, hijo de Don Raúl, quien tiene un aprecio especial por Arrecifes producto de los amigos que tiene en la UCR local, la artista plástica Elizabeth Eichhorn, quien llegó desde Mar del Plata (creadora del busto), y varias personalidades del espectro político local.

Hace 35 años, con la asunción de Raúl Alfonsín como presidente constitucional, la Argentina vivió un momento de fervor popular y de gran esperanza después de los oscuros años de la dictadura militar.

Aquel 10 de diciembre, a las 8.30 en punto, Alfonsín y Víctor Martínez juraron ante la Asamblea Legislativa. Años de dolor parecían quedar atrás, en esas voces fuertes, convencidas que juraban lealtad a la Constitución Nacional, auguraban un futuro mejor, abrían esperanzas. Fue el primer momento emotivo del día.

Luego Alfonsín se dirigió a la Asamblea. Abrió una carpeta, acomodó las hojas, se puso los anteojos y empezó su discurso. Sólo leyó 28 de las 74 páginas. El resto pidió que fuera incorporado al Diario de Sesiones. Eligió dar a conocer su ideario institucional y dejar para otro momento las medidas concretas. Es lo que necesitaba el país en ese momento. El discurso fue interrumpido por aplausos de todas las bancadas en varias ocasiones. Se puede resumir su alocución (medida y firme, acorde al lugar y al momento, dejando la espectacularidad para otra circunstancia) en la frase que provocó la primera ovación. Simple, contundente y necesaria: «Vamos a ser un gobierno decente».

Tras recibir los atributos, y tomar juramento a sus ministros en la Casa Rosada, Alfonsín se dirigió al pueblo desde el balcón principal del Cabildo, que desbordaba de gente. Entre ellos se abrieron paso el flamante presidente y Víctor Martínez. La multitud bramó. La plaza y las calles aledañas estaban repletas. Había vinchas celestes y blancas, gorros y banderas argentinas, boinas blancas y banderas y estandartes del Partido Radical. También algunas enseñas de otros partidos. Pasaron un par de minutos hasta que Alfonsín pudiese hablar. La gente, abajo, coreaba su nombre, gritaba «Argentina, Argentina» y saltaba. Alfonsín, entonces, habló en primera persona del plural. Incluyó, se refirió a «todos». En su primera frase advirtió que vendría una etapa dura, difícil pero que el deber de todos era trabajar por asegurar la libertad y las condiciones de vida dignas en el país.

Mientras hablaba (y mientras la gente bramaba) fue adquiriendo cada vez más convicción y energía. El brazo se agitaba con firmeza y apuntalaba cada palabra, el exacto tono enfático. «No tengo dudas de que saldremos adelante, que tendremos el país que nos merecemos». Una nueva ovación.

La multitud comenzó a cantar: «El pueblo unido, jamás será vencido». El flamante presidente tomó ese slogan, lo repitió, lo reforzó: «Vamos a poder salir adelante no por obra de gobernantes iluminados sino por obra y gracia de lo que esta plaza está cantando. Porque un pueblo unido jamás será vencido». La gente enloquece, las banderas se agitan frenéticamente. Luego recordó que era el Día de los Derechos Humanos. Habló de la vida, de la justicia, de la dignidad.

El cierre de esos ocho minutos fue con lo que ya a esa altura era un clásico: el recitado del preámbulo de la Constitución Nacional. Fue, como lo bautizó el mismo Alfonsín en el cierre de campaña en la 9 de julio, un rezo laico. El brazo cayendo con el índice levantado, como golpeando cada frase, la voz grave, y la gente que se va sumando y repitiendo cada una de las consignas. Los que estaban en el balcón movían los labios acompañando, se entusiasmaban, afirmaban con cortos movimientos de cabeza.

Las últimas palabras las dijeron juntos, las gritaron decenas de miles de personas. Un momento estremecedor. El preámbulo de la Constitución Nacional con el que Alfonsín, cuando era candidato, cerraba todos sus discursos, se había convertido en una carta de fe de sus votantes.

Ese 10 de diciembre un país tuvo expectativa, se llenó de fe y creyó en el futuro. Ese día el país salió de su época más atroz, de un tiempo de muerte y abyección. Ese 10 de diciembre fue un día largo. Pero también ese 10 de diciembre, quizá, haya sido el día más feliz en mucho tiempo.

Fuente: Infobae

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