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Daniel Cheruna premiado en concurso literario en Los Toldos.

Daniel Cheruna

El pasado sábado 27 de octubre, en la Biblioteca Popular Mariano Moreno, de la localidad Bonaerense de Los Toldos, se llevó a cabo el acto de premiación del V Concurso Literario para Jóvenes y Adultos “Acercando Palabras”, que organiza anualmente la Sociedad de Escritores de General Viamonte, SADE Filial Los Toldos.

En este concurso obtuvo el 2º puesto en la categoría cuentos-adultos el arrecifeño Daniel Cheruna, reconocido actor, director de teatro y escritor, con su cuento “La Pollera Azul”, que destaca, por si hacía falta, nuevamente su capacidad a la hora de transmitir imágenes, momentos y sensaciones a través de la escritura.

Asimismo, en la oportunidad se premió a 6 alumnos y a las escuelas Colegio San José e Instituto Ntra. Sra. de la Guardia, con un viaje a la Feria del Libro en la ciudad de Buenos Aires, en abril de 2019, como premio sorpresa de parte de la Dirección de Cultura de la Municipalidad de General Viamonte.

En el acto, ante una gran concurrencia, se llevó a cabo la premiación del concurso y los autores presentes pudieron leer las obras premiadas al público presente, en un marco de profunda emotividad. Además, en la ocasión se entregaron reconocimientos a los escritores Irene Fernández, Domingo Raffo y Eleuterio Mariño.

Felicitaciones a Daniel Cheruna por este nuevo lauro y reconocimiento a su capacidad literaria.

A continuación, el cuento con el que el escritor arrecifeño fue premiado:

“LA POLLERA AZUL”

Cada vez que me ponía la pollera azul, sentía crecer mi cuerpo. Me convertía en mujer hecha y derecha, teniendo apenas ocho o nueve años. Los tacones de mamá y el labial rojo, me transformaban mágicamente, dándome el aspecto deseado; aquel que podía ver en las mujeres conocidas o en las que descubría a través del cine y las revistas. Mi hermano y mi padre, así como todos los hombres a mi alrededor, representantes de la masculinidad, tal y como yo la entendía, no podían compararse o pretender transmitir el magnetismo de la belleza femenina; ellos estaban en este mundo con el mandato de secundarlas y admirarlas; para seducirlas; escribirles obras literarias; dedicarles poemas; hacerles muchos regalos y amarlas. Obra de arte de Dios, tal vez la más lograda, necesitó a “los hombres” como testigos y destinatarios, para honrarlas con devoción.

Durante la niñez me ocupé meticulosamente de armar una personalidad que fuera el reflejo de ese ser “superior”, según mis convicciones; un objeto virtual, percibido únicamente por mí, para disfrutar en soledad como el secreto mejor guardado. El espacio de la siesta era un momento ideal, así como la oscuridad de las noches en la cama antes de dormir.

La pollera azul, tenía algunas franjas al tono y corte evasé, que permitía moverme y bailar, creando artísticas figuras. En la escuela perdía por momentos la concentración, por ponerme a pensar en el momento de llegar a mi casa y enfundarme en el atuendo que me permitiría ser plenamente libre.

A medida que el tiempo pasaba y la pollera iba perdiendo su color, también yo empezaba a dar cuenta del paso del tiempo. Nadie conocía mis momentos íntimos, pero daba la sensación de que algo se traslucía y era percibido de algún modo por los otros.

La hostilidad de mis pares se hacía notar. Debía esconderme mejor cada vez, para que nada quedara en evidencia. Las agresiones aumentaban en forma directamente proporcional al transcurrir de los años. Se notó mucho más en el colegio secundario, momento en que las identidades entran en crisis en la búsqueda de un perfil definido. A mí me gustaba todo lo contrario que al resto del grupo de pertenencia; y esa osadía tenía como resultado censura y castigo, expresada en segregación y el consiguiente aislamiento.
Cuando pude, asumí la falta de consenso a mi forma de ser y ver las cosas. Ya no me importó más la opinión ajena y decidí enfrentar al mundo.

La pollera azul había desaparecido junto a tantas cosas que el tiempo se lleva, incluida la infancia. Pero podía acceder a otras polleras y otros colores. Elegir a gusto maquillajes, zapatos y sandalias con tacos y gran variedad de accesorios y perfumes. Dejé la oscuridad y me mostré a la luz del día, con el orgullo de saber quién era; ya sin dudas ni conflictos. Fue la mejor decisión en el momento exacto. Conocí el amor, sentí las miradas de admiración y deseo sobre mi persona; así como las de envidia.

Pero hoy que ha pasado mucho tiempo y estoy en la última etapa de mi vida, no me resulta nada fácil ser quien soy. Estoy pagando el precio de haberme animado a ser feliz. Los chicos se burlan, me persiguen y agreden; los vecinos murmuran y se apartan como si fuese portadora de alguna enfermedad contagiosa. La soledad volvió a ser mi única compañía; pero no encuentro en ella ahora aquel refugio amable.

Vivo en la calle, como de lo que los otros tiran, y me tapo con cartones. Cuando puedo dormir suelo soñar con un pasado mejor; pero al despertar, la realidad me golpea con dureza. Y aunque me acostumbré a que me griten “viejo puto”, me gustaría volver a soñar, como en mi infancia de la pollera azul y tener el inmenso y divino poder de sentirme “mujer”; porque finalmente eso es lo que soy y seré siempre; aunque todos se opongan.

FIN

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